Somos el motor

Por Isabel García Amuchástegui y Ariel Sabatella

Desde arriba de la bici es difícil comprender la urgencia del automovilista. No puede esperar unos segundos, prefiere pasarnos raspando, prefiere pasar y que el peatón, el más lento e indefenso de la jungla urbana, espere agazapado sobre la senda peatonal.
Si nos detenemos un momento a pensar, esa premura es totalmente comprensible. El auto da la posibilidad de llegar adonde queramos muy rápido. Sí, tan rápido como lo permita la potencia de su motor. El único problema, claro, son los “obstáculos” que se interponen en su camino y que no permiten al automovilista utilizar al máximo el potencial de su vehículo.
Muy distintas son las cosas con la bici. Con ésta nos movemos a la velocidad de nuestras piernas, a la velocidad de nuestras propias posibilidades, de nuestro propio potencial.