Recorridos: Sin reservas

Por Gustavo Almada*
Mi celular, instalado en un soporte especialmente diseñado para el manubrio de la bicicleta, resiste sin quejarse la dureza del clima invernal característico de los principios de julio. Uno de los tantos programas compulsivamente instalados en él, el Weather, me avisa sádicamente que a los ocho grados de temperatura actual le tengo que restar algunos más para llegar a los apenas cuatro de sensación térmica.
Otro, el Strava, me acompañará fiel, como siempre, dibujando una extraña forma, un garabato nocturno y helado que será reproducido en la pantalla de 6’. Otro programa del que reniego mucho, uno de mensajería instantánea, me anticipa que algunos amigos me fallarán en esta salida. Para muchos, un jueves a la noche en el mes que recibimos al invierno, regresar a casa después de una jornada de trabajo con la promesa de una estufa que le pone el pecho al aumento de tarifas y disfrutar la reseña diaria de los partidos de Rusia 2018 en la TV, es algo irresistible. Tanto como es para mí pedalear por una ciudad vacía, recorriendo postas con amigos, explorando barrios en busca de bares y escondites gastronómicos hasta dar con el lugar y lanzar al viento un “¡Acá paramos!” 
De una noche cruda, de calzas largas debajo del jean y cuellito, nació casi espontáneamente este recorrido a compartir con los amigos de siempre y, por supuesto, sin reservas.

Vermouth con papas fritas y good show
  
Tano como los fideos y porteño como los colectivos, de una mezcla nacida de la inmigración, adoptamos el clásico vermouth –o vermú para los muchachos. Tantas veces tratado de dejar en el olvido por modas extrañas y pasajeras, nuestro buen amigo está volviendo a la arena porteña de la mano de valientes emprendedores.

Si pasan de día por la esquina porteña de Dorrego y Castillo (antes de las 18) verán bajas las viejas persianas de un típico negocio de barrio. Solo les llamará la atención un grafiti con la imagen de Franchella junto a Soledad Villamil y seguramente seguirán de largo. Amigos, háganse un momento para pasar antes de volver a casa.

Barra, mesa en el interior o mesa en la vereda, esta última opción da un toque especial y uno puede observar la vida del barrio y ese lento momento en que la noche le quiebra el brazo a la tarde. La esquina tiene un no sé qué. El boliche se llama La Fuerza, que se hace sentir.
Nos recibe buena música (llámese rock ochentoso) y atención amigable. Nos lanzamos a lo que vinimos.
Dos opciones de vermouth (hecho por sus dueños), rojo o blanco, combinado con tónica o el clásico chorro de soda, hielo y una buena fuente de papas fritas bastón. Luego la charla, perderse en conversaciones y anécdotas. Las bicicletas atadas en el poste de la esquina se empiezan a impacientar y la segunda fuente de papas se termina, ya es hora de buscar la próxima parada.

Fresco como en el Piltriquitron
Es pleno invierno pero los ciclistas no somos cobardes y pinta un helado. Buscamos la arteria principal de Villa Crespo. Avenida Corrientes nos transporta rumbo al Obelisco.
La heladería Cadore es un clásico oculto de Buenos Aires. Hace un tiempo la revista National Geographic publicó una nota en la que esta heladería figuraba entre las 10 mejores del mundo. Sí señor, no se sorprendan, tenemos al Diego, a Ginobili y a Cadore.
El tránsito de Corrientes pasadas las 22 está dejando paso a una ciudad fantasma. Cadore, en Av Corrientes a metros de Rodríguez Peña, está cerrada por reformas. Seguramente, el dueño no imaginó que tres ciclistas en plena noche de invierno cruzarían media ciudad en busca de su internacionalmente famoso y casi mitológico helado de dulce de leche. Sacamos de la galera el plan B. Callao al fondo hasta que en su agonía nos sorprende su bajada. Una Avenida del Libertador desierta nos recibe y vamos en busca de una heladería joven, con una historia especial.
En pleno centro del mágico pueblo El Bolsón, hace más de 30 años alguien puso una heladería con el Cerro Piltriquitron a sus espaldas, la cual se caracterizó por crear gustos especiales con frutos patagónicos. En ninguna de mis vacaciones por esos lados dejé de saborear sus clásicos gustos, en especial el famoso Calafate con crema de leche de oveja. Desde hace unos años, las heladerías Jauja de Buenos Aires me permiten achicar los 1800 kilómetros que me separan de mis pagos maternos.
La pizarra de sabores hace dudar a los desprevenidos: “mate cocido con tres de azúcar” o “mouse del Piltri” desconciertan pero no defraudan. Los tres valientes ciclistas disfrutamos en la vereda como si enero reinaría en el calendario.

Vamos a la playa
Todavía le queda una hora a este jueves de ciclismo nocturno y, si de verano hablamos para olvidarnos del frío, no podemos evitar ir en busca de algo especial para recuperar calorías. Otro clásico de las vacaciones de verano que fue absorbido por Buenos Aires está en Olivos, y aunque tenemos que recorrer varios kilómetros nada nos hace dudar. Lo de Carlitos, Libertador al fondo, niebla, frío y soledad. Algún recuerdo veraniego de Villa Gesell nos trae a este lugar, casi a la hora de que la carroza (o bicicleta) se transforme en calabaza nos sentamos en una mesa en la vereda. Es difícil elegir entre 300 variedades de panqueques, mis socios prefieren el clásico de dulce de leche, yo elijo al azar para sumar adrenalina a la noche y mi dedo se posa en el 280 y pico: dulce de leche, miel y almendras superan las calorías perdidas en toda la noche. Café y a despedir el jueves. Ya no quedan clientes y la mesera nos trae la cuenta.
La despedida

El regreso a nuestras casas me hace recordar el blues de la amenaza nocturna de Manal: “Vamos en busca de nuestra casa, porque detrás de la puerta hay más seguridad”.
Sin dejar de pedalear y sacándome un guante con equilibrio mágico, busco en otro de los programas de mi celular pero no logro encontrar la canción. Fortunate son, de Creedence, aparece y viene bien para cerrar la noche.
En tiempos en que el celular nos hace pedalear en las redes sociales sentados en el sillón, me resisto a que eso me domine. Salir a pedalear con amigos, sin rumbo y sin reservaciones es la mejor forma de mantener la temperatura de la vida, aún en una dura noche de invierno.

Dedicado a la memoria de Anthony Bourdain, que nos guía en cada pedaleada gastronómica: “¡No reservations!”

*Ciclista y propietario de la bicicletería LordBike: www.lordbike.com.ar

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