Ojos de cielo

1466096_10202386075390056_296158952_nEran las 7:40 del martes 11 de marzo. Una fecha frágil para mí ya que hubiese sido mi aniversario de casada (estoy separada hace tres años)… Las primeras mañanas frescas llegaron sin avisar. Tenía puestos mis pantalones azules largos y una camperita roja. Salí de casa al trabajo, como siempre en bicicleta.
A diez cuadras aproximadamente está el colegio Cabrini. Es una escuela muy grande, con muchos alumnos y por ende con muchos padres que estacionan como pueden a las apuradas. Venía tranquila por mano derecha. Cruzando la esquina se desocupó el último lugar de la doble fila. En ese momento, el señor que circulaba por el medio, sin medir consecuencias, no miró por los espejos y no anticipó su maniobra con balizas o guiño y, según sus palabras, en el afán de evitar una media falta para su hijo, volanteó y me embistió sin verme. El guardabarros delantero de mi bici rompió su paragolpes y el canasto se torció. El ruido de la frenada brusca y tardía y el de latas abolladas culminaron con mi caída.
Caí de rodillas. La derecha golpeó fuerte contra la calle, la izquierda contra el pedal. El momento del contacto con el asfalto es absolutamente avergonzante. Desde el suelo la mirada de los otros se ve cruel. Porque aunque yo supiera que no había hecho nada mal, la sensación de culpa es inevitable. Los automovilistas de atrás que no veían lo ocurrido tocaban bocina insistentemente y gritaban pidiendo paso. Los transeúntes pasaban rápido e indiferentes, seguramente para no ser solicitados como testigos.
Instintivamente, lo primero que hice fue levantar la Magoocleta (mi bici) y correrla a un costado. No hice nada de los procedimientos debidos. No me acuerdo bien el color del auto, no se que modelo era ni cual era su chapa patente. Se me acercó solo una señora preguntándome si estaba bien y que dijo haber visto todo; me ofreció su ayuda, la cual agradecí pero no tomé. No le pregunté su nombre y, sinceramente, si la llegara a ver en la calle no la reconocería. Mi única necesidad era la de irme, porque me sentía atropellada y no sólo por un impacto. La sensación de atropello es completa. Se siente feo, humilla, toca el orgullo, la privacidad y los proyectos inmediatos cotidianos se alteran.
Se bajó el responsable del auto y se presentó como Daniel. Se disculpó. Se reconoció culpable. Se ofreció a llamar a una ambulancia, a llevarme al trabajo en auto o lo que necesitara. Me dio su teléfono, me dijo que su póliza estaba al día y que podía hacer la denuncia en la compañía de seguros. Acepté sus disculpas, froté intensamente mis rodillas sufridas y le dije que no se preocupara, que seguiría viaje.
Soy una de esas tantas con síndrome de Mujer Maravilla. Lo único que pensaba era en llegar en horario al trabajo. En no faltar, en que soy una mamá que cuida tres hijos, una deportista… No podía permitirme que me pasara algo. Con diez kilómetros por delante, me subí a la bici y con un tirón horrible en ambas piernas respiré profundo y arranqué para que no se enfriaran los músculos. Notablemente la rodilla izquierda dolía más porque tenía un pequeño corte, pero la lesión de la derecha era considerablemente mas grande.
Mandé un mensaje de texto a un compañero pidiéndole que me preparara hielo en dos bolsas, que llegaría unos minutos demorada por lo ocurrido y que estaba yendo por otro camino más tranquilo. Al llegar, compré analgésicos y antinflamatorios en la farmacia de la esquina, subí por el ascensor, saludé derecha, me puse un vestido y tacos y con la adrenalina intacta, levanté mis piernas en una escalerita del archivo colocándome el hielo, y como si nada hubiese pasado, imprimía mi labor diaria mientras desayunaba.
La hinchazón era cada vez más notoria por lo que terminada la jornada, fui a la guardia del Anchorena, donde me dieron la noticia de haber vivido un susto con suerte, ya que no había afectado nada óseo ni de tendón.
Volví pedaleando 12 kilómetros en mi día libre . Al día siguiente me sentía muy mal. La noche fue complicada así que falté a la oficina ese día para reposar y hacer el tratamiento. De repente me encontré sola. Mi única compañía en un momento de dolor eran las comedias de Warner. La Mujer Maravilla se autoabastece, no necesita ayuda y no la pide pero me hubiese gustado tenerla. Y ya que estaba aburrida, con tiempo, sedada y con geles fríos encima, decidí hacer un balance emocional.
Los hematomas bajan. Los violetas, verdes y amarillos de mi pierna impresionaban. Las molestias van cediendo lentamente. Y aunque no subí a la bici por más de una semana, no pude correr en la maratón de rollers que tenía prevista y algunas de mis actividades fueron suspendidas momentáneamente, de a poco volví a ser yo. Un poco distinta. Un poco más fuerte, un poco más exigente.
A veces el destino pone mágicamente en el camino a la persona adecuada. Cuando días después pedaleaba por la ciclovía de Coronel Diaz y frené detrás de la senda peatonal apoyando mi pie en el descanso amarillo, se me acercó un hombre mayor y me dijo: “Una pregunta ¿Los ciclistas deben respetar los semáforos o hay alguna reglamentación que los avale para no hacerlo?” me confundió su pregunta ya que yo estaba bien ubicada. Y contó seis bicicletas pasando con el semáforo en contra por Arenales. Le contesté que es igual para todos y que por ende debemos respetar las normas. El hombre me miró con unos ojos celestes que se veían enormes por el aumento de sus lentes, sonrió afectuosamente, puso suave su mano sobre la mía que sostenía el freno y diciéndome: “Te felicito querida, Buenos Aires necesita muchos ciclistas como vos”, el señor de los ojos de cielo cruzó la avenida hacia el Alto Palermo.
Y Wonder Woman se fue en su bicicleta violeta hacia el oeste de la ciudad. Dos cuadras después, la chica heroína se relajó y dejó caer unas lágrimas que un desconocido pudo robar en el momento justo. Para los que veían de afuera no eran de emoción, eran por el viento que le molestaba de frente en la cara. Instantáneamente, mientras empalmaba con la bicisenda de Julián Álvarez, sintiendo que todo pasa por algo y que vale la pena el intento, la voz de la Gran Eladia Blázquez me movilizó en forma de recuerdo, dándome el mensaje exacto en el instante preciso. De repente me encontré tarareando “…merecer la vida es erguirse vertical, más allá del mal de las caídas…” esa melodía que me rondaba el alma repetidas veces hasta llegar a casa. Y ella tenía razón. Eso de durar y transcurrir, no nos da derecho a presumir, porque no es lo mismo que vivir, honrar la vida….

Magdalena Lunadei
25 de marzo de 2014