Martiniano Molina

Nuevos horizontes

El famosísimo cocinero argentino siente hoy que su camino más genuino está en la transmisión de valores para una vida sana, solidaria y ecológica. Y no fue cocinando, sino andando en bicicleta, donde aprovechó el envión de una crisis personal para reorientar su rumbo.

martiniano-1 Quien lo haya visto en sus programas, o en publicidades de productos a los que ya no promociona por no considerarlos saludables, podrá imaginar a Martiniano Molina, uno de los cocineros más populares del país, saliendo en bicicleta de una sesión de psicoanálisis. Y es que su popularidad se ha cimentado en esa forma suya, descontracturada y cálida, con que habla a las personas, en la televisión o en la calle, como si las conociera de siempre. Eso sí, hay que aclarar que aquel viaje en bicicleta poco tenía que ver con ese estado relajado o risueño en que el público suele ubicarlo. “Todos los días hacía un programa en vivo de una hora y media, después iba a grabar otros cinco o a terminar un libro. Y a la noche, cuando volvía solo en el auto me preguntaba qué me pasaba, porque firmaba contratos de miles de dólares pero me sentía el tipo más infeliz de la tierra”, cuenta Martiniano, que por entonces trabajaba esta crisis con un terapeuta que lo supo movilizar al contarle la historia de una persona que estaba totalmente desligada de la vida, a quien una vez había exigido salir media hora a la calle para luego volver y contarle alguna sensación vivida. Esa tarde, Molina salió de terapia profundamente afectado. “La bicicleta me ayudó a renacer, a salir de esa locura. El contacto directo con el aire a una velocidad orgánica me hacía ver lo que no había visto por mucho tiempo: edificios enormes, árboles, calle, gente. Así empecé a dejar contratos y a entender que no necesitaba poseer tanto”, relata hoy un Martiniano que llegó a fundar un jardín de infantes bajo el vanguardista sistema Waldorf, construyó él mismo su propia casa con huerta sobre la rivera quilmeña y tiene en la música del río de la Plata un remanso cotidiano que suele invitar a percibir a quien lo visite.

martiniano-2 Además, realiza micros sobre cocina natural para niños para un proyecto comunicacional del INTA, conduce Manifiesto de la Tierra en el canal Encuentro, diseña menúes de comida naturista para Aerolíneas Argentinas, da cursos de cocina orgánica para fundaciones sociales y es parte del equipo fundante de un campo ecológico en la localidad bonaerense de Magdalena, llamado Tierra Buena, donde en lugar de canchas de golf o tenis habrá una huerta de cuatro hectáreas y una granja con producción de lácteos. En medio de toda esa agenda que vive con la máxima relajación que puede, el cocinero elige la bicicleta para divertirse, visitar amigos que vivan cerca y para buscar a su hija Violeta a la escuela (ubicada a cuarenta cuadras de su casa) para lo cual se monta en una bicicleta Cannondale al tiempo que lleva a su lado una plegable para que juntos puedan volver pedaleando. Nadie lo mira raro cuando anda con dos bicis en Quilmes porque allí todos lo conocen. En esta localidad del conurbano se crió, junto a tres hermanos, en una familia de clase media, con padres profesionales de la bioquímica farmacéutica que estimularon en ellos el juego, el deporte y, por supuesto, el uso de bicicletas.

martiniano-3 La bici que más lo impactó, luego de pasar por una con rueditas, fue una Bergamasco Rodeo de color negro que llegó como regalo navideño a sus ocho años. “Tenía freno adelante, pero no en el manubrio, sino en el cuadro y se accionaba mediante un pedal”, cuenta el cocinero con ojos iluminados de infancia. Y relata tardes enteras en que el mundo se expandía en aventuras que incluían el bajar andando, en bici o en carro de rulemanes, una pendiente de más de 25 metros de altura cercana a la costa. “La bicicleta te daba la oportunidad de formar una nueva familia con tus amigos”, resume Molina, cuyo padre lo habituó a conocer cada vericueto técnico de su vehículo en jornadas enteras en las cuales la mesa del comedor era cubierta con un plástico y los varones de la casa limpiaban con kerosén la caja pedalera, desarmaban los piñones, cambiaban las bolillas de las masas, arreglaban los frenos, centraban las ruedas o tuneaban las bicicletas con calcomanías, antenas y timbres para hacer facha en plazas de un Quilmes, en donde hoy tiene el propósito de hacer todo lo que pueda para mejorar la calidad de vida de la zona.

Uno de los caminos podría ser la política, de donde lo buscan una y otra vez para sumar votos en alguna lista. Pero el sendero de Martiniano está, primero, en ser quien es y conducirse con paso seguro, fiel a esa calma que encontró arriba de su bicicleta cuando algunas exigencias que ya no le eran propias le impedían gozar la existencia. Y cada vez que puede, cuando es convocado a eventos donde cocina, habla con el énfasis de quien parece tener una misión. “Le propongo muchas veces a las personas, cuando las veo alienados, que frenen, respiren un rato, cierren los ojos, apaguen el televisor, la computadora, el celular y se conecten con lo más simple”, comenta. Y aclara que entre esas acciones concretas puede estar el amasar pero también andar en bicicleta: “Pedaleá sin apuro por llegar, olfateá. Sentí el viento que te envuelve, porque todo eso es la libertad que se va perdiendo al correr y competir”. Martiniano, que también supo bajarse de las altas ligas deportivas al dejar la selección nacional de handball, donde en 1997 jugó el mundial de Japón (sitio del cual se trajo una flamante bici de aluminio), hasta decir un enérgico “basta de competencia”.
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“Con la bicicleta hacés ejercicio, no contaminás, te conectás con otras realidades y mirás todo de otra manera, porque si vas a más de 100 kilómetros por hora un árbol es sólo una mancha verde”, dice Molina. Y asegura que para ver las cosas como son nuestras bicis pueden ser aliadas de un gran cambio. Y así como a él le pasó, todos podemos hacer que cada pedaleo, además de placentero, pueda ser un encuentro con lo que somos y un modo de percibir dónde queremos ir.

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