Larga vida al fijo


Por Juan Pablo Tagliaferro Gill

Juan Pablo Tagliaferro Gill, uno de los pibes que vivió los principios del fixie en Argentina, nos devela las raíces de esta movida y sus vivencias.

Como quien veía catálogos de mountain bikes en los ’90, me encontraba desvelado, revolviendo blogs en búsqueda de imágenes, colores, simpleza. Guiado por el diseño y lo brillante de la propuesta, secundado por la falta de experiencia en mecánica y recursos, fui a buscar una single speed (bici monomarcha) a Haedo a las ocho de la noche de un día de semana. No había días ni horarios, tenía que alimentar el impulso creador, sin más.

Internet, el primer eslabón
A los tumbos, buscando, di con un foro de Argentina de unos cuantos que ya estaban en la búsqueda de esta misma y despojada experiencia. En Santa Fe y Capital Federal, sobre todo, una movida devenida en tribu urbana comenzaba a enraizar el movimiento Argentina Fixed Gear, porque siempre buscamos y fuimos federales. Trocábamos piezas, pasábamos data de cuevas o lugares donde todavía no había mano comerciante.
“Hazlo tu mismo”, era el pregón, y por eso circulaba la información.
Con frases y terminología mayormente anglosajona y argentinismos asociados, caímos en cuenta que la movida no sólo era de Argentina sino que también nucleaba a muchas personas de Latinoamérica.
Nos encontrábamos los martes en la galería porteña Bond Street donde trabajaban tres de los precursores. Intercambiábamos información, repuestos y “charlas de café” en la vereda. Recuerdo
una oportunidad en que vino un chico desde Rosario a buscar un cuadro y una horquilla y de raje volvió a tomarse el micro a la terminal. Otra oportunidad sacamos muchas fotos porque éramos más de ocho en fijo sprintando por Avenida Santa Fe, yendo a comer bondiola y milanesa de berenjena a los carritos de la costanera. Los chicos se venían en tren desde Maschwitz para tragar asfalto entre los autos. Los viajes a Santa Fe para conocer al resto de los participantes de este foro llamado Simplifijate, sitio precursor de todos nuestros encuentros y motor de tamaña hazaña.
No había absolutamente nada de material para armar las bicis, salvo recauchutado. En una de esas el más pudiente podía traerse un par de mazas por internet o de algún viaje que hiciera al exterior.
Todos teníamos cuadros de acero, en su mayoría empipados, frente de una pulgada, portacajas de rosca italiana, pedales de plataforma. Recuerdo ver en fotos una Roselli verde flúor con un stem GT cortito y unos puños con estrellas. Era LA fixed en Argentina, pude verla en persona y confirmar el enamoramiento del que ya estaba convencido hace tiempo.

Bicicletas de pista sin frenos.
“Te vas a matar pibe”, si lo habré escuchado.
Nunca pasó a mayores porque tuve un dios aparte, si se me permite la expresión. Días de lluvia sin frenos, cubiertas gastadas, con tajos, straps (fijaciones de los pies a los pedales) que se deshilachaban porque no se conseguían.


Nos atraía la simpleza de la mecánica, lo despojado del planteo, que apuntaba a customizar, poner cadenas y mazas de colores que hicieran juego y usar relaciones (dientes plato/dientes corona) pesadísimas para la calle con punteras que daban calor solo de verlas. Las bicicleterías no entendían lo que necesitábamos y por eso teníamos que adaptar.
Pero ahí estábamos, materializando el sueño de pertenecer a un grupo, de compartir un código. Imitando mensajeros, con candados chiquitos, gorras de ciclismo y, por supuesto, rara vez un casco. Nos tirábamos al vacío como en los videos de Macaframa que veíamos miles de veces, o los de Tom Lamarche de FGFS (Fixed Gear Freestyle). Acuñamos términos como “fixu” para describir a los que osaban usar maza contrapedal en lugar de soldar con bronce o pegar con locktite las viejas y orejonas Visson de ruta.
Usábamos cadenas de BMX para que aguantaran más, llantas de triple pared on per l alto por más llamativas. El pregón era “pedaleen putos”, mejor que estar sentado viendo quién tenía la mejor bici desde una computadora.


El tiempo pasó y aparecieron emprendimientos, bolsos, straps, soportes para bicis y cantidad de armadores y diseñadores. La cuestión se volvió algo más que sustentable.
Tiempo después sigo andando en fijo pero con algunas adquisiciones de seguridad como casco y frenos. Cambié los jeans por la ropa respirable.
¿Qué aprendí de toda esta recorrida? A hacer amigos, algo de mecánica, emprendimientos, carreras clandestinas, a compartir.
Larga vida al fijo, la mejor integración e interacción bici-persona.

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