La máxima expresión de la libertad


Por Adrián Puente
La bici, esa compañía diaria desde una tarde del año 74 cuando con una Aurorita colorada, rodado 14, mamá me dio los primeros empujones para hacerme camino.
Esa que después creció a rodado 20, heredada de mi hermana, hasta que me llegó una imponente Caloi media carrera sobre la que apenas podía montarme, gracias a la descomunal altura de sus ruedas. Aquella bici con la que íbamos rueda a rueda junto a un amigo y nos animábamos a la vieja General Paz de traza angosta. El punto a punto era desde el estadio de Vélez hasta el de River. La primera llegada al Monumental fue entender que sobre las dos ruedas la sociedad no nos podía poner límites. Todo parecía posible. Allí empecé a comprender que la bici ampliaba el mapa, extendía el horizonte y nos ofrecía descubrir otros “mundos” urbanos.
Con esas premisas crecí y viví diariamente la experiencia de pedalear y, con el paso del tiempo, se sumó la sugerencia médica de insistir. Porque los patrones químicos del cuerpo, gracias a la bicicleta, se mantienen equilibrados, dijo el doctor.
Por estos días, el último desafío. Incorporar el hábito a la rutina laboral, a los desplazamientos diarios, aunque sean cortos. Acompañar el desarrollo de diversos modelos específicos donde la plegable y la fatbike se sumaron al arsenal de bicicletas que tengo para cada ocasión. A saber, dos mountain bike, una fixie, una playera, una media carrera restaurada y, próximamente, una pistera. Las pongo en fila, las limpio, las lustro, les agrego accesorios. Las contemplo como mi máximo capital convencido de que el próximo recorrido será ideal para alguna de ellas o, de lo contrario, será el siguiente. Pasean como mascotas, cobran vida.
Y así estaré hasta que la máxima expresión de libertad invente otro medio de locomoción.

*Ciclista urbano, periodista deportivo y conductor de televisión y radio.

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