La conciencia de la bicicleta

Por Luddite

La novela Erewhon, de Samuel Butler, fue escrita en la Inglaterra post lu- ddita de plena revolución industrial y en el contexto de emergencia de la teoría darwiniana del origen de las especies. En la novela se narra la cotidianidad de un país ficticio, en donde rige una ley que establece la prohibición y eliminación de cualquier máquina o artificio que no tenga por lo menos 271 años de antigüedad, tomando como fecha cero la sanción de dicha ley.
El porqué de esta resolución se explica en los capítulos 23, 24 y 25 de la novela, en un apartado llamado El libro de las máquinas, cuya idea central cito textualmente a continuación:
“Hubo una época en que la Tierra estaba, según todas las apariencias, enteramente desprovista de vida, tanto animal como vegetal […] Ahora bien: de poder existir en aquella época un ser humano […] y serle dable contemplarla […] ¿no habría declarado imposible que seres dotados del más leve asomo de conciencia pudiesen surgir y desarrollarse entre las aparentes cenizas que estaba contemplando? ¿No habría negado que estas cenizas pudiesen contener la más ligera potencialidad de conciencia? Y, sin embargo, andando el tiempo surgió ésta. ¿No es posible, por lo tanto, que existan aún en la actualidad nuevos cauces por los que pueda manar la conciencia, aun cuando no podemos describirlos ahora? […]”

Leí este libro a los 22 o 23 años, hace ya una década. En ocasiones puntuales mientras pedaleo o trabajo en una bicicleta me pregunto si ésta no adquirió ya cierta conciencia que la hace “comportarse” de modos particulares frente a situaciones específicas, que me gustaría detallar y también preguntarles a ustedes si las han advertido:
Picardía. Cuando viene un cliente al taller comentándome una falla en algún sistema de la bici y quiere enseñármela, ésta no sucede. “Te juro que los cambios saltan”, me dice por ejemplo. Sin embargo, salgo a la calle a probarla y todo funciona perfecto.
Porfía. Cuando una cubierta ya muy gastada repercute en pinchazos frecuentes, se cambia por otra nueva. Sin embargo, a veces, los pinchazos siguen ocurriendo. ¿Mala suerte o pésima acti- tud del rodado para con su usuaria/o? 

Altruismo. Día largo de pedaleo, muchos kilómetros recorridos en la ciudad haciendo trámites, con calor o frío, con peso extra, “ai ferri corti” con el tráfico, frenadas bruscas en la esquina. La bici avanza inmutable e imparable. Finaliza la jornada, la bici ya en casa, vas a mirar- la porque sí y encontrás una rueda baja, o un cable a punto de cortarse, o una rajadura en el cuadro, o un riel del asiento partido. ¿Por qué no lo notaste mientras andabas? Simplemente porque no había sucedido. Esperó a que llegues a destino para manifestarlo.
Celos. Llevás la bici regularmente al taller para service preventivo, revisás periódicamente la presión de inflado, la secás cuando te agarra una tormenta. Un día alguien te presta su bici para que le des una vuelta y pedaleás algunas cuadras para darle tu opinión. Te subís a tu rodado nuevamente y todo empieza a fallar. A veces con solo mencionar “creo que quiero tener otra bici” se puede desencadenar un caos mecánico.

Nervios. Decidís sumarte a una carrera informal, una pedaleada masiva o un evento de bicis. Dejás la bici a punto la noche anterior y la lavás para que esté linda. El día del encuentro, los frenos chillan, la caja hace ruido, los cambios saltan y la dirección tiene juego.

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