La carrera


Por Augusto Torello*

Una carrera a toda velocidad. Una tarde cualquiera de invierno con un frío que calaba los huesos pero que no importaba. Empedrado. Una mountain bike pesada, sin cambios, que era el preciado premio obtenido en “El agujerito sin fin”. La tuerca que sostenía la herradura del freno no aguantó el movimiento, se soltó y se enganchó en los rayos y la bici frenó en seco. Salí despedido metros hacia adelante ante
el estupor de algún vecino transeúnte que, al ver ese vuelo improvisado, seguro pensó que estaba presenciando una tragedia. Pero lo único trágico era perder esa carrera. Me levanté, saqué el cable y el freno de entre los rayos y seguí a toda velocidad, con muy pocos moretones, para tratar de alcanzar a mi amigo, en ese momento momento mi oponente. Libertad.
Para argumentar por quécinco veces a la semana me subo a la bicicleta para pedalear los 13 kilómetros que me separan de mi casa al trabajo podría dar muchos fundamentos, como cuántas calorías quemo por kilómetro o cuántas endorfinas (esas hormonas que te hacen feliz) libero; cuánto dinero ahorro de transporte público o de subirme a una cinta de un gimnasio para correr hacia la nada y cuántos otros beneficios aporta a mi salud. Pero aparecióese momento en el cual no importaba nada más que subirme a la bicicleta. Libertad.
“Una vez que vuelvas a subirte a una bicicleta no te vas a querer bajar más”, me dijo un amigo unos pocos años atrás, cuando le pedí consejos acerca de qué bicicleta comprar para hacer ese recorrido de mi casa al trabajo. A decir verdad, no le creí pero hoy, y en estas líneas, reconozco que tenía razón. Se acabaron las esperas de trenes, colectivos, subtes o premetros; se acabaron los embotellamientos; se acabóel no saber casi con exactitud la hora a la que llego a casa. Libertad.
No es que me haya convertido en un fundamentalista de la bicicleta y nunca más subí a mi auto. Simplemente encontréla fórmula aritmética por la cual al tiempo que tardaba en hacer mi recorrido hoy se le adicionó el tiempo invertido en ejercicio y se le restó el tiempo perdido esperando el medio de transporte público que fuere. Libertad.
Pero llegó el primer invierno y aparecióla duda de si el tiempo de la bicicleta había terminado, por lo menos hasta el regreso de un mejor clima. Las ganas de viajar tranquilo, sin sufrir las horas pico del transporte público, en donde me sentía dentro de una lata de atún, fueron más fuertes. La solución que parecía casi imposible era muy sencilla. Remera térmica manga larga + remera deportiva + campera rompeviento + calzas largas + pantalón corto (lo último que se debe perder es la decencia) = sí , adivinaron. Libertad.
Ya no corro carreras en bicicleta con mis amigos, hoy esas dos ruedas incorporaron nuevos atributos y esa volada sin ningún tipo de planificación apareció para dejar otras cosas diferentes a los moretones, recuerdos y enseñanzas. La carrera terminó siendo más larga de lo que pensé. Más allá del frío, las caídas y los vecinos, hoy, mientras termino de escribir estas líneas, minutos antes de cambiarme la ropa de trabajo para ponerme mi equipo contra el frío, me doy cuenta de que la gané. Libertad.

* (36) Periodista y ciclista urbano. Actualmente estudia la licenciatura en marketing.