La bici desvanece a los relojes

Por Darío Sztajnszrajber*

fondo-foto-darioLa bicicleta no marcha. Interrumpe. No va para adelante, sino que rompe la lógica de la productividad del movimiento. Interrumpe la idea de tiempo como ganancia y nos abre a una relación divergente con la temporalidad. Es que en la bicicleta no pasa el tiempo: los minutos se extienden amoldados por los dedos sobre el artefacto. Los minutos se cuentan con el cuerpo en la bicicleta, pero el cuerpo no cuenta, sino que hace explotar el paradigma del tiempo lineal y nos arroja a otra experiencia de lo sensible. Como un cuento dentro de un cuento, la bicicleta va entre otros itinerarios, velocidades, enervaciones. Parece distraída, pero distrae la distracción y por eso en su anverso conecta con la piedra, con el asfalto, con la tierra. La bicicleta sabe que nunca llega a tiempo porque no cree en el tiempo y por eso siempre llega bien, llega porque no llega, transita. Tal vez toda la existencia no sea más que ese dilema entre encajar en los dispositivos de montaje de una realidad formateada, donde uno cree que va, pero es el planeta que marcha y uno simplemente se entrama; o hacer de las horas un viaje en bicicleta, donde no hay obsecuencia ni resistencia, sino deconstrucción: también hay otras posibilidades más allá de las que se nos presentan como únicas. Hay otras combinaciones de calles, de esquinas, de instantes, de esfuerzo. Sobre todo, hay otras posibilidades al interior del mundo de lo posible. Y si así fuera, entonces la bicicleta nos abre la posibilidad de lo imposible. Por eso no marcha, sino que interrumpe. Y en esa suspensión del tiempo, la bicicleta va…

* Docente de filosofía en FLACSO y en el CBC, conductor del programa de televisión Mentira la verdad (Canal Encuentro) y autor del libro ¿Para qué sirve la filosofía?

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