Historias de un bicimensajero: Messlife *


Por Nicolás Montemurro
Si pudiera vivir todo esto de nuevo no lo dudaría dos veces, pienso mientras espero que un chofer de Uber me traiga el pasaporte que me olvidé en la mansión. Me siento un poco mal por haberle tenido que pedir a Brandon que lo baje dos pisos por escalera con la rodilla fracturada, pero de verdad no me quedaba otra opción. Era eso o perder mi vuelo de vuelta a Buenos Aires. Me noto el pecho un poco húmedo y me doy cuenta que me está supurando un tatuaje que me hicieron hace dos horas. Espero que llegue el chofer para ir a lavármelo. Llega. Le agradezco. Le dejo propina (hábito de haber estado de ese lado). Voy al baño. El espejo me devuelve una cara que parece estar mejor alimentada que otras veces.

El nuevo tatuaje, sobre la clavícula que me rompí con los Pampas hace unos años, dice ELOTSIHC con una caligrafía como de preescolar. Pero si alguien lo viese de frente, y no en un espejo, diría CHISTOLE. Creo que a esta altura hace falta aclarar algunas cosas. Cuando digo pasaporte, en realidad me refiero a un papelito que me hicieron en el consulado, una suerte de salvoconducto para que pueda volver a casa. Cuando digo la mansión, me refiero a un departamento en Bed-Stuy (Nueva York) donde viví estos últimos meses con unos bicimensajeros que conocí por Instagram. Cuando digo que viviría todo esto de nuevo, lo digo en serio. Cuando digo Brandon me refiero a Brandon Lockfoot, un mensajero de la vieja escuela que recorrió el mundo registrando cómo este oficio despierta una devoción absurda y hermosa. Cuando me preguntan: “Chicken or pasta?”, digo pasta. Cuando digo los Pampas me refiero a un grupo de amigos con los que hacíamos ultrafondos en bicis de pista. Cuando digo “todo esto”, me refiero a toda la gente que conocí y a todas las aventuras que viví desde que me armé mi primer fixie, allá por los dos- mil tardíos, cuando todavía estaba mal visto decirles fixies. Ahora que tengo la experiencia directa de la fuente, y no el alimento balanceado que nos llega por las redes, ahora que puedo decir que viví en la meca del messlife y sobreviví al tráfico de Nueva York, siento una responsabilidad enorme.
Una responsabilidad enorme de hacer algo tan absurdo como llevarme todo lo que pueda de lo que viví acá y reinventar una comunidad similar en Buenos Aires. No tengo idea de dónde voy a vivir cuando vuelva, ni de qué voy a laburar, ni de si voy a sacar mi matrícula de médico o me voy a seguir haciendo el pelotudo, pero estoy seguro que de un modo u otro me las voy a ingeniar para armar una empresa de bicimensajerxs. Así se puede llamar, Bicimensajerxs. O tal vez no. El nombre lo puedo ir pensando con el tiempo. Puede funcionar. Tiene que funcionar. En la ciudad el rubro está dominado por motos y camionetas, las mensajerías tienen bicis pero para llevar sobres a cinco cuadras y volver rápido. El rubro tiene que cambiar, es su evolución natural. Quiero que la ciudad explote de gente llevando y trayendo cosas. No es tan difícil, pienso, es cuestión de dividir la ciudad en zonas. Buenos Aires tiene las mismas dimensiones y densidad que Brooklyn, si allá funciona ¿por qué acá no? Ya lo vi funcionar en Bogotá, en Cali, en Los Ángeles, en Denver, en París, ¿por qué no en casa, si tenemos una ciudad super plana con arterias hermosas, bicisendas por todos lados, bicis públicas y una comunidad que quisiera laburar de esto? La ciudad proveerá, la inmediatez es el mal de esta época, la mensajería siempre fue una necesidad de las metrópolis, hay suficiente para que comamos todxs.

*Para mí es un hermoso juego de palabras entre messenger life (vida de mensajero) y messy life (vida enquilombada). Opera como una muletilla o hasthag. Localmente lo abreviamos messi. Se usa para describir el estilo de vida y las cosas que hace un mensajero.

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