“Elegí la bici por una necesidad emocional y psicológica”


Marcela Goyeneche (56), hastiada de perder horas en el transporte público y renuente a trasladarse en auto por plena ciudad de Buenos Aires, nos cuenta su experiencia en primera persona desde que decidió comprarse una bicicleta para ir al trabajo.
Dicen que aquellas cosas que aprendemos de chicos no se olvidan. Es así, que con el pasar de los años, cada tanto y por placer, anduve en bicicleta. Hoy ya adulta, muy adulta, retomé esta actividad no tanto por placer sino por una necesidad emocional y psicológica. Los sentimientos de rabia y resignación que me generaban ir a trabajar en colectivo o subte afectaban mi psiquis de tal manera que quería transformarme en un Rambo femenino dispuesto a quitar de mi camino autos, colectivos, taxis, peatones y, especialmente, piqueteros. El tráfico abrumador, sumado a la pésima sincronización de los semáforos de la ciudad de Buenos Aires, hacían que a diario llegue tarde al trabajo. Volver a mi casa no era tan tortuoso, hasta que empezó a serlo. Es así que, en esos interminables viajes que duraban entre 45 y 55 minutos para transitar 25 cuadras, elucubraba en mi mente una forma alternativa de ir a trabajar que no fuera muy cara y más reconfortante.
En algunas oportunidades, observaba desde el colectivo a personas transitar con total tranquilidad en bicicleta por las bicisendas. Así fue que decidí comprarme una bici urbana plegable. Al principio dudé mucho, pero era tal el estrés, la bronca y la impotencia que me generaba ir y volver a trabajar en transporte público, que las dudas se esfumaron en el término de una semana. El hecho de tener bicisenda en todo el trayecto también me ayudó a tomar la decisión. Entusiasmada, en pocos días me compré la bici, un casco, lo suficientemente flúo para ser visible y que no me lleven puesta, y una mochila.
Y ahí estaba yo, una “señora adulta”, en una cálida noche de octubre, probando la bici para tomar el tiempo que me demandaría el recorrido hacia mi trabajo. “¡Aleluyaaaa!”, grité al otro día cuando abrí la puerta de mi oficina. Mis compañeros se reían y me sacaban fotos “disfrazada” de ciclista. “Guauu”, me dije. “Llegué sana, salva y feliz de haber transitado sin bronca ni estrés ¡Bravooo!”.
Hoy, a dos meses de esta acertada decisión, puedo decir que es lo mejor que he hecho desde que volví a vivir a Buenos Aires, 6 años atrás. Antes, viví 16 años en un paraíso llamado Pinamar y la impronta de esta vivencia quedó sellada a fuego en mí. Entre otras cosas, porque allí no tenía este tipo de problemas para transitar.
Por eso, usar una bicicleta como medio de transporte en esta maravillosa, cosmopolita, atractiva, caótica y tóxica ciudad, es la mejor decisión y, al menos para mí, algo más que hace que mi vida tenga una mejor “calidad de días”. Cuando me preguntan cuáles son las palabras que mejor definen esta decisión me vienen a la mente: circular y fluir. Además, me encanta llegar transpirada y sentir que mi corazón latió lo suficientemente rápido para percibir que mi cuerpo se energizaba.
Eso si, algunos de los inconvenientes o falencias que pude vivir son: los propios ciclistas que te adelantan sin avisar y los que pasan los semáforos en rojo sin respetar a peatones, así como los peatones que cruzan por el medio de la calle sin percatarse de las bicisendas y, como dije antes, la pésima sincronización de los semáforos.
Los fines de semana también disfruto de mi bici, pero en un lugar rodeado de naturaleza, porque mi cuerpo me lo pide y es lo más saludable para una mujer como yo. A pesar de que ya me han gritado en alguna bicisenda: “¡Cuidado abuelaaa!”