El camino está en uno

 
Hace tiempo me enteré de que existían los Caminos de Santiago en Europa y quedó en mi mente la idea de alguna vez poder recorrerlos. Pero era un momento de mi vida en que sentía que la aventura era atravesar paisajes grandilocuentes, pedazos de tierra perdidos en rincones de mapas o caminos poco transitados. La idea de compartir un camino con un número exagerado de personas me hacía sentir distante de la naturaleza, y yo quería que mis viajes no tuvieran nada que ver con el turismo. El tiempo pasó y fui aprendiendo que encontrase con uno mismo estaba más en uno que en el entorno. A la vez se dio la posibilidad de hacer uno de los Caminos de Santiago con mi futura esposa. Pero aunque todo parecía genial, en mi interior estaban esas preguntas que lo único que hacen es generar incertidumbre: ¿Venís de estar en Tierra del Fuego solo y te vas a un camino super poblado de viajeros?, ¿Venís de dormir solo en un puesto de campo y te vas a dormir a una habitación con 30 camas?
Hasta que un día, leyendo información de los caminos para elegir uno, leí comentarios de diversos viajeros; todos coincidían en que el camino estaba en uno y que si uno buscaba descubrirse, el Camino de Santiago era un buen lugar.
Así fue que con un nuevo objetivo, el de un descubrimiento interior más que de un descubrimiento geográfico, encaré este viaje.
Muchos pueden decir que el Camino de Santiago es un camino de peregrinación religiosa, y no se equivocan, como tampoco se equivocan los que dicen que es un camino de reflexión personal, porque te da la posibilidad de elegir cuán religioso o cuán personal querés que sea el viaje. Es un camino que podemos compartir con personas que están en la misma sintonía. No existen las preguntas del tipo: ¿Por qué lo hacés? Más bien son del tipo: ¿Dónde dormiste anoche?, ¿De dónde sos?, ¿Querés compartir la mesa?


El recorrido
Por logística y por querer bajar del avión y arrancar a pedalear, iniciamos el camino en Madrid. Recorrimos el Camino de Madrid, que después de unos 300 kilómetros se une con el Camino Francés. Esta decisión nos dio la posibilidad de hacer dos caminos distintos.
La primera mitad del viaje fue por el Camino de Madrid, un camino relativamente nuevo y poco transitado que transcurre en su mayoría por el campo. Se trata de caminos rurales y huellas preparadas para los peregrinos, muy diferente a la segunda mitad del Camino Francés, el cual recorre huellas y senderos destinados al peregrino pero ubicados en gran parte a los costados de rutas y autopistas, en contacto con gran cantidad de tránsito.

Pero lo que tienen en común todos los caminos es la actitud de los peregrinos entre sí y de los habitantes del mismo para con los peregrinos. Es una relación que se genera con un saludo, “Buen camino”, y una sonrisa. Sin importar el idioma, porque hasta los peregrinos que no hablan español esbozan en un acento extranjero el mismo saludo.
No les voy a decir que es necesario o indispensable en la vida hacer el Camino de Santiago, pero sí les puedo decir que hubo momentos de mucha emoción en lo personal y en la pareja, hubo risas, algunas lágrimas y también momentos de piel de gallina. Solo les puedo decir que valió la pena, que uno aprende a confiar en esas flechas amarillas que van apareciendo y que más de una vez te gustaría que estén más cerca entre sí. Pero así y todo, hoy puedo decir que no fue un viaje, fue un peregrinaje; y no te sorprendas cuando alguien te diga: “Buen Camino”.

Por Diego Andrich: cicloviajero y dueño de la tienda especializada en cicloturismo Tierra de Biciviajeros.