Cómo descubrir la belleza oculta de tu ciudad en bici

Seguramente habrás visto la foto de algún mural callejero en una revista o en internet. Alguna casa con estilo clásico, algún edificio icónico de la arquitectura moderna, o quizás simplemente, una calle empedrada con una arboleda frondosa que te traslada automáticamente a otra dimensión urbana. ¿Dónde está todo eso? ¿Quién y cómo lo descubre?
Si algo tiene andar en bicicleta en la ciudad es que te conecta de una manera especial con ese entorno que está ahí, esperando a ser descubierto. Pero es necesario hacer el ejercicio de cambiar el chip y agudizar los sentidos.
Quienes durante años nos acostumbramos a movernos en auto o en colectivo, nos cuesta corrernos de ese foco de monotonía que provoca el camino. En uno, porque es imposible perder la concentración de lo que está adelante, en el otro, porque lo fijo del recorrido impide ver más allá. Ni hablar de la introspección que nos genera el subte.
Pero la bici es distinta. Tiene la flexibilidad de poder moldear el camino a las ganas de perderse y la facilidad para desviarse con sólo proponérselo. Tiene la velocidad justa para poder llevar la mirada más allá, sin ponernos en peligro, y la ausencia de carrocerías que nos limiten la visión de 360 grados.
Y ahí, cuando uno empieza a mirar más allá, aparece eso que parecía escondido. La bicicleta marida perfectamente con ese espíritu de descubrimiento y la ciudad ofrece eso que estabas buscando (o que no estabas buscando pero de repente lo encontraste).


La vas a ver en la grandilocuencia y majestuosidad de un edificio histórico del centro; en la belleza y el color que transmiten algunos de los muchísimos murales. La vas a encontrar en una pegatina, esa que cuando mirabas todos los días parecía una pared sucia y descuidada pero al detenerte para apreciarla cobra otro sentido; en la reserva ecológica, metiéndote por sus caminos y senderos, adentrándote y apreciando la naturaleza que a veces nos parece tan esquiva. En San Telmo, descubriendo un pasado que se muestra a flor de piel. Atravesando una plaza o un parque, descubriendo los árboles y flores que le tiñen de color el piso y regalan su aroma al aire. En un monumento que, de otra manera, sólo hubieras visto como un obstáculo a es- quivar. En Ciudad Universitaria, allí donde se proyectó el Pabellón 4, contemplando esas columnas a la intemperie intervenidas con pinturas callejeras que le dan otro sentido y parecen salidas de una película distópica. Hasta situaciones tan cotidianas como un tren cruzando en un paso a nivel, una madre llevando a su hija en bicicleta o dos abuelos de la mano mirando el horizonte, pueden convertirse en una escena urbana para retratar.
Porque en esta época de registros digitales, redes sociales y publicaciones, eso que se encuentra queda hecho foto, “instagrameado” para la posteridad. Aunque mañana ese mural desaparezca o lo reemplacen por otro.; aunque esa casa tan típica se convierta en un edificio monótono e insulso, o simplemente el paso de los días, meses y años haga su trabajo quitándole el brillo a los colores y la definición a sus trazos. Habrá quedado un registro en una foto, en la posibilidad de volver a descubrirlo y jugar al “antes y después”, reviviendo y comparando cómo la dinámica del paso del tiempo juega con el entorno que nos rodea.
La bicicleta es el vehículo perfecto para proponerse descubrir una ciudad que la vorágine diaria, la rutina y las obligaciones nos ocultan. Y cuando nos acostumbramos a mirar con ese “gran angular” que somos cuando conducimos la bici nos darnos cuenta de lo mucho que nos queda descubrir de esos lugares por los que ya pasamos millones de veces y vimos sin poder apreciar.

Fotos y Texto: Matías Avallone es ciclista urbano y forma parte del programa de radio B Invasión Bicicleta:  @vdoblel | www.binvasionbicicleta.com.ar