Cambio y autonomía a puro pedal


18-Cambio-y-autonomia-2784Por Maru Rubín*

Un dato curioso del mundo de la bicicleta es que, si “ciclista” se dice de muchas maneras, aun de más maneras se dice “ciclista urbano”. Éste empieza con rueditas en la plaza, lo continúa un adolescente girando en círculos en alguna calle poco transitada del barrio que le tocó, luego de lo cual vienen todas las variedades de adultos que se calzan la bici; sea el domingo en la plaza, ida y vuelta al trabajo, solo por bicisenda, solo por cualquier camino que no incluya bicisenda, en grupo, con lluvia y con granizo, en mountain bike, en playera contrapedal, en plegable, o en fija y sin frenos, con una pizza de muzzarella en la mano. Las variables son casi tan numerosas como usuarios de bicicletas hay en la ciudad. Cinco años como ciclista urbana me dejaron el rastro de varios de estos individuos (así como unos gemelos muy bien torneados).

Cualquier ciclista urbano sabe que la bici te cambia la vida, y mientras más usas la bici, más te la cambia. No es solo la vitalidad de la que te inunda, el conocimiento altruista de que estamos haciendo algo por la naturaleza, el ahorro masivo en transporte o la reducción casi mágica de tiempos para llegar de un lugar a otro. Creo que si la bicicleta nos empodera como usuarios es en la autonomía que nos brinda. Cambio y autonomía, suena a un buen combo ¿cómo no comprarlo?

Lo que a veces se nos escapa, y esto es lo más importante que aprendí como ciclista urbana, es que la autonomía solo viene de la mano del saber o del azar. Si por esas casualidades de la vida pisamos un pedazo de vidrio gigante y a lado, la rueda se desinfla en menos de lo que canta un gallo y no somos capaces de solucionar este problema con nuestros propios medios, la autonomía se nos cae de la boca a la llanta. Poder hacerse cargo de los pequeños desperfectos de la bicicleta para no quedarnos varados a medio camino o saber reconocer que ese ruido a cacatúa madura que hace el plato no debería existir, es otra cara activa de la autonomía que tenemos que abrazar.

Lo que quiero decir es que la autonomía, ese orgullo que nos cala los huesos desde que nos damos cuenta de que ya no estamos a la merced de cuanto tarde un colectivo en venir y que va a seguir calando cada vez que haga calor y miremos a la gente bajar al subte desde nuestro rodado, tiene que crecer, pero crecer en forma de conciencia. Es importante poder hacerse cargo de los pequeños desperfectos que a todo ciclista nos puede pasar tarde o temprano, así como saber delegar cuando nuestro conocimiento no es su ciente. Y me atrevo a decir esto con la autoridad de una ciclista urbana que lo sufre diariamente. Si mañana me subo a la bici para ir de Saavedra a Moreno, le rezo a Santa Teresa de Jesús que no se me meta una bolsa de plástico en los v-breaks, porque si eso pasa, yo como ciclista autónoma a medias, me quedo varada y sin frenos.

Si hay algo que la bicicleta me enseñó es a transitar por la ciudad desde el conocimiento de que no dependo de nadie más que de mí para hacerlo. Si hay algo que la gente de la bicicleta me enseñó es que el verdadero camino para no depender de nadie está tanto en las piernas como en la conciencia mecánica. Y brindo por ello. A riesgo de ponerme mística, brindo por el camino de conocimiento personal que abre la bici, que va mucho más allá de conocer los atajos entre calle y calle, porque subirse a una bici desde la conciencia nos invita a preguntarnos sobre nuestras capacidades de saber aprender y aprender a delegar.

*Maru Rubín: Ciclista urbana, escritora y filósofa